Catalina Miranda nació en la Ciudad de México.

Es poeta, narradora, periodista y editora. Estudió Arte Integral en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), y la licienciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Antes de dedicarse de tiempo completo a la literatura y a la edición de libros fue bailarina y actriz. Ha impartido Talleres de Fomento a la Lectura y a la Creatividad Plástica y Literaria para Niños y Jóvenes, en diversas escuelas e instituciones.

Fue colaboradora y jefa de Redacción del suplemento cultural sábado del periódico unomásuno, en los últimos años del siglo XX y subdirectora de Impresos de Divulgación en el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Ha sido correctora de estilo en los periódicos El Día y unomásuno; en las editoriales Fondo de Cultura Económica, Oxford University Press, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ángel Editor, EDAMEX, MVS, Altius, Azerta, Gustavo Casasola, Trillas, Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), así como en diversas revistas de la Ciudad de México.

De la corrección de estilo dio el paso hacia la formación y el diseño de libros, revistas y periódicos, y en 2005 inició la Editorial Ariadna SA de CV, cuyas colecciones llevan un nombre alusivo a ese mito griego. Así, su experiencia en el trabajo editorial completa los 360 grados, ya que también ha iniciado colecciones, planeado los formatos y los contenidos de los impresos; además, realiza el cuidado editorial y el de la impresión.

Actualmente es directora de Editorial Ariadna.

 

Acerca de mí

Del Jardín de Niños recuerdo los juegos con la plastilina, de la que, al amasarla sobre la mesa de trabajo, emergían diferentes colores, lo cual era para mí algo definitivamente mágico, un hallazgo, un descubrimiento. Creía que los colores eran resultado de la acción de amasar y estirar la plastilina. Extasiada, formaba con la masa diferentes figuras, y las aplastaba, y les daba vuelta, y las volvía a hacer, y siempre aparecían los hilillos policromos que tanto goce me causaba observar.

De la primaria tengo en la memoria a la profesora de primer grado, le decíamos «Chelito». Era una anciana de setenta años, chaparrita, de lentes, y siempre traía un abrigo café muy bien abotonado. Ella me enseñó a leer. Tengo muy presente la primera vez que, ante todo el grupo, leí lo que estaba escrito en el pizarrón. También de la primaria, no puedo olvidar a la maestra Luz Bertha, la de sexto grado, que tenía un hijo guapísimo de diez años, cuando yo tenía once. Ella era muy entusiasta y jovial; organizaba excursiones y hacía competencias de lectura, en una de ellas estuve a punto de ganar, pero quedé en segundo lugar porque al leer El niño y el cohete, dije “cuete”. Ni modo, Óscar me ganó el rompecabezas de madera que ya veía en mis manos.


La maestra Sandra fue muy especial para mí, ya en la secundaria; era la profesora de gimnasia olímpica, que reunía a su grupo después de las horas de clase. Era de estatura mediana, siempre vestía pants, como debía ser, y tenía un volkswagen azul turquesa en el que llevaba al equipo a competir con otras secundarias. Usaba lentes obscuros y se pintaba el cabello de un tono bronceado.


En el bachillerato todo fue original: Los profesores, la directora, la secretaria, las actividades, la convivencia con los compañeros: éramos un grupo de locos bien cuerdos, de entusiastas innovadores, de descubridores de un mundo que nos queríamos devorar; todas nuestras actitudes eran originales y grandilocuentes; experimentábamos con los sonidos, con el movimiento, con los colores, con todo lo que estuviera a nuestra mano. Esos años fueron de vestuarios de colores, de danzas mexicanas, de óleos, solfeos y representaciones teatrales.


De la Facultad de Filosofía y Letras recuerdo con admiración a la doctora Margarita Murillo, quien revisaba los trabajos y los exámenes con minuciosidad ascética. ¡Qué bárbara!, para cada línea tenía un comentario, el cual incluía al filo de las hojas con tinta roja. También fueron muy queridos y admirados los maestros Federico Patán, del Taller de Poesía y  Huberto Batis, del Taller de Revista, quien después sería mi maravilloso jefe en el unomásuno y del que aprendí que se puede ser feliz entre cientos de cuartillas leídas y por corregir, y quien me enseñó, a través del suplemento cultural sábado, a perder el miedo a la página en blanco. Gracias a Huberto Batis me di cuenta de que, en la pluralidad, todos tenemos el derecho de escribir con LIBERTAD lo que nos venga en gana.

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